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Dios está en los detalles inútiles

Actualizado: 8 ene 2022

Cuando era una niñita lectora las descripciones en la literatura me aburrían. Quería saltearme esos párrafos –lo hacía con toda impunidad– y pasar a la acción, a los diálogos. De grande, ya en algunos talleres de narrativa, he tenido que practicar la descripción: anotar, por ejemplo, todo lo que veo en una fotografía. Es un ejercicio que precisa de precisión, valga la redundancia. Detenerse, desacelerarse. El ojo, o cualquier sentido que esté en acción, necesita casi ponerse en punto muerto y captar los detalles, las partes ínfimas, pero también las grandes, los esquemas, los colores, todo.


En los talleres de danza y escritura también hice ejercicios de escritura donde debía enumerar, en un tiempo cronometrado, las partes del cuerpo. Hacía uso de la memoria y de mi enciclopedia, pero también de mi vista: cuando parecía que ya había contado todo, miraba mi propio cuerpo y había un fragmento que no había nombrado (sucedía que había partes que no tenían nombre pero que deberían tenerla, como esa parte, entre la mandíbula y el final del cuello, donde ya no puedo pensar).


En ambos ejercicios lo que una consigue no es necesariamente útil, o no quedará en el texto final. ¿Qué sentido tiene la enumeración al infinito? Aunque finita, una enumeración debería ser humana, y por lo tanto, debería estar enfocada. Amo los detalles inútiles. Pero eso para mi vida en general, para la escritura las cosas cambian: es preferible que algunos detalles queden en mi diario íntimo, o en mi vida privada. Porque cuando escribo un texto para comunicar, expresar, o sea, para alguien –pensando en ese alguien como lector ideal o real– debería ser considerada con esa figura. Entonces, si hay detalles inútiles, que solo sean para despistar, para orientar, finalmente, a ese fragmento de mundo donde encontré un sentido.


Y ya que lo nombré, mi diario íntimo, en esta ocasión es el extremo opuesto a la enumeración del mundo físico. En mi diario íntimo, el yo parece vivir en el aire, porque ¿qué importa con qué lapicera escribo? Lo que importa es que esa lapicera me trae recuerdos, de lo que no fue, y escribo sobre esa no existencia, que no es otra cosa que una focalización en mis sentimientos. La lapicera desaparece y solo queda la marca en el papel del deseo no concretado. El mundo físico desaparece, el mundo anímico es la estrella de la escritura. El otro extremo, como decía, es la manipulación de los objetos y el efectismo.


El cuerpo no se relaciona así. Casi no hay manera de tocar sin sentir, pero tampoco de ver sin sentir. Sentir en el sentido de sensación y de sentimiento. Mies Van der Rohe dijo que “Dios está en los detalles”. Que el gran arquitecto del siglo XX lo diga debe tener que ver con alguna comprensión de los contrarios, como la utilidad del detalle inútil.


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