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Sanación co-reográfica

Actualizado: 8 ene 2022

Dice Martín Caparrós que la crónica es un intento, fracasado, de atrapar el tiempo. Pero ese intento se puede repetir y en esa repetición el fracaso se vuelve más silencioso. Porque la palabra fracaso guarda en su etimología y en su significante un ruido, el ruido de algo que se rompe. Como el fragmento, algo estalló en el fracaso y tal vez lo que estalló sea la idea negativa que tenemos de aquello que no alcanzó el “éxito” (y el éxito es una “salida”, pero ¿de qué?).


En la historia que quiero contar hay tiempo, como en todo relato. Pero no voy a intentar una sucesión de hechos, pues casi no recuerdo nada. Mi memoria cada día es más escuálida y por lo tanto más grande el conjunto de artefactos que uso para anotar lo que considero que no debo olvidar: cuadernos, muchos cuadernos, de todos tamaños, muchas lapiceras, de todos colores. Materialidad que acompaño con ciertos géneros íntimos, como el diario y la bitácora, y ahora, la crónica, otro artificio para reconstruir lo que la memoria sola no puede.


Quisiera hablar de un camino, el que anduvimos con mis compañeras de danza afro tradicional[1], en el taller que coordinan las bailarinas Devora Cereceda y Tamara Tello (Devi y Tami, en adelante), durante 2020 y 2021. Cuando me refiero a un taller uso el verbo “coordinar” porque la teoría sobre talleres así lo dice: es mejor reemplazar la figura del que enseña por la del que coordina. Sin embargo, esta vez uso ese verbo porque realmente he sentido la presencia de la co-ordinación, es decir, un orden creado entre dos o más, un ordenar cum (sé que coreografía no proviene del latín cum, sino del griego – “choros” es danza, “graphe” es escritura –, pero en estos momentos necesito que la etimología se adecue a lo que quiero decir: la co-reografía como un orden cum, con otres).


Paso al camino, a la historia.


Allá por inicios del año 2020, en una última clase de un taller bimestral de danza afro, sucedió que el último tramo de la coreografía que Tami nos proponía no se ajustaba al ritmo de la percusión. Debido a esto, entre todes[2] co-reografiaron, es decir, opinaron cada une cómo debía terminar el baile, dando propuestas y soluciones. En un momento me pregunté qué había pasado en el desarrollo de ese taller para que en la última clase se produjera ese momento tan especial (o especial para mí, que nunca había tomado clases de danza hasta entonces y que pensaba que la coreografía era algo preestabecido, inalterable y unilateral, no algo opinable por las alumnas).


Me fui hacia atrás. En noviembre de 2020, cuando surgió el taller, yo había leído su descripción, en la cual se apuntaba a la danza como parte del imaginario y la poética de cada cuerpo, permitiendo la exploración, la composición y la expresión a través de la danza africana tradicional y prácticas de la danza contemporánea. “Esta es una propuesta afroexperimental que nos convoca a vivir la danza desde la presencialidad y la escucha atenta”, decía. En esos días yo estaba leyendo Deep Listening de Pauline Oliveros, y me resonó fuerte lo de “escucha atenta”. Además andaba buscando todo lo que fuera presencial, ya harta del confinamiento y la virtualidad, y probando talleres de distintos tipos de danza. Y por eso me uní al de afro. Me uní sobre todo a una forma de convivencia, que es la que propusieron Devi y Tami, y a la que todas las compas, estoy segura, nos acoplamos: encontrar-nos, con nosotras mismas y con las demás, a través del movimiento, de la exploración, de los ritmos guineanos, pero también de la escucha, la solidaridad, el respeto, la sanación. O sea: el amor, que se manifiesta de maneras tan diversas.


En abril de 2021, Devi y Tami organizaron otro taller bimestral en la sala Espacios compartidos. Parecía que el nombre de la sala anunciaba el espíritu que abrazaría esos encuentros de danza y percusión: compartir el espacio, no solo físico sino también el de la emoción de encontrarse cada semana con las compas bailarinas (en mi caso, los viernes a la tarde, de 15 a 19, yo imaginaba que entraba en otra dimensión, dejaba con placer mi celular en modo avión, y me conectaba con esa cultura tan lejana como admirada).


En el medio de este 2021 pasó de todo, pero principalmente ocurrió el confinamiento repentino de fines de mayo, el cual nos interrumpió un proceso –aprender es un proceso, relacionarse también– que necesitaba de la continuidad. El último encuentro, antes de entrar de nuevo en fase uno, hicimos una experiencia de escritura antes y después de la danza, a través de un sankalpa, una práctica del yoga que consiste en pensar una afirmación, algún aspecto que queramos desarrollar en nosotres, e intencionar de esa manera la práctica. Es que era necesario un profundo acto de afirmación, que proviniera de todo el cuerpo, que incluyera a la mente y al corazón, para poder afrontar los días que venían, de aislamiento e incertidumbre. Ese día fue también la co-reografía colectiva a la que me referí. Yo quería escribir algo sobre ese día, no podía pasar inadvertido.


Para este texto, quería tener una palabra, un concepto, una idea que rigiera toda la escritura. No la encontraba. Fue entonces que revisé el chat del grupo de Whatsapp y observé algunas intervenciones de mis compañeras, a modo de documentación. Reparé en los mensajes de mis compas Candela, Nayme, Gema, Ruth, Virginia, y muchas otras chicas que estuvieron de manera más eventual. Y me detuve en un comentario de Virginia, que decía que había sentido “mucha vitalidad y sanación”.


Sanación. Eso era.


Yo también había sentido eso. Me había negado a sentirlo porque en esa época pensaba que la función terapéutica del arte era solo un mito. Pregunté a mis compas, entonces, qué tipo de sanación habían sentido. Las respuestas que recibí me llevaron a decidir lo que dije al inicio: no quería hacer sólo una historia lineal de los hechos, sino también centrarme en el aspecto terapéutico. He hice un racconto de la sanación:


- La sanación de la conexión grupal. En los encuentros se hicieron ejercicios grupales, de escucha y visión atenta a lo que proponía una compañera, y el resto la seguía. Una, la que se encontraba más adelante en el espacio, debía proponer un movimiento y las demás imitarla, hasta que otra quedaba en ese rol y continuaba con la consigna. La sanación provenía de poner nuestro ego al servicio de la grupa. “Éramos como una ola, haciendo lo mismo, como si fuéramos una sola conciencia”, me dijo Cande. “Nos sentíamos abrazadas, contenidas”. Jose Fernández, percusionista, estaba ese día observando la clase y vio la ola que formábamos con nuestras cuerpas.


- La sanación del gesto. La consigna del trabajo de imitación grupal, al que me acabo de referir, debía hacerse sin hablar, comunicándonos sin la palabra. Descubrimos la importancia de poder acomodar el ritmo de una misma al de otras, saber leer las cuerpas, las propuestas, las energías, las miradas, las risas. “Era otro tipo de comunicación que no conocía”, me dijo una compañera.


- La sanación de la horizontalidad. Desde mi no-ser-bailarina, si hubo algo seguro que sentí en este taller es la horizontalidad con respecto a los saberes de cada una. No solo el taller fue difundido desde un inicio como una propuesta que no requería experiencia previa, sino que la desigualdad con respecto a esos saberes corporales previos provocó (¿paradójicamente?) una igualdad. En los “laterales”, que es la forma habitual de aprender los movimientos de la danza afro, se producía una sinergia muy particular: todas imitábamos a Tami y Devi, pero también las que no éramos bailarinas imitábamos a las que lo eran (yo particularmente tomaba como exemplum los movimientos de Nay, tan suaves como su personalidad), y a las que habían incorporado rápidamente los gestos que Tami y Devi habían enseñado. Pero en algún momento el gesto de copiar se abandonaba, porque sabíamos que no estábamos ante un arte de espectáculo, porque el origen de estas danzas es comunitario, cotidiano, y como tal, aloja la singularidad de cada participante. Cada una era como era, en un momento y en un espacio, única e irrepetible.


-La sanación de la compañía. Estar juntas. Coincidir en un espacio y tiempo determinado, unas horas a la semana. La pandemia nos había quitado muchos de los sabores de la convivencia: estábamos en el mismo espacio pero alejades, sin poder abrazarnos, gesto al cual nos veíamos como arrojadas cuando llegábamos y cuando nos despedíamos. Y, como decía más arriba, nos habían quitado la continuidad que requiere una relación, porque no hay manera de bailar juntas si no nos relacionamos, aunque parezca una tautología. Las políticas de confinamiento produjeron ese hiato. El hábito de encontrarse con las compañeras y la vitalidad que eso conllevaba nos hacía desear el nuevo encuentro de cada viernes. Porque la sanación de la compañía es eso: me hace bien estar con vos, ergo, quiero volver a verte. Se aplica a todo.


- La sanación de la posibilidad. Hubo impedimentos, pero se buscaron las formas de revertirlos. ¿Alguna iba en bici? Adentro había lugar para medio de transporte tan noble en época de crisis. ¿Alguna tenía niñes? Les peques podían sumarse. Luz y Virgi fueron con sus niñes y, por supuesto, se sumaron a la danza. ¿Alguna no podía bailar? No importa, podías estar ahí, practicando además la sanación de la compañía. Naymé no pudo bailar unos días debido a una operación pero estuvo firme en el taller, sentada a un costado, acompañando con los movimientos que podía y sacando fotos y haciendo videos que luego nos compartió.

La sanación co-reográfica. Con esta abrí este escrito, y con ella lo cierro, porque la viví personalmente como una especie de clímax en el último encuentro de danza afro. Tami estaba mostrando la secuencia de una coreografía de Sinte pero en una de sus partes los movimientos no coincidían con la cantidad de pulsos de la frase rítmica. Y ahí empezó lo que yo sentí una co-reografía, un armado entre todes: de pronto, no solo Devi proponía formas que se ajustaran a la música, sino que las alumnas también lo hacían, y Jose, que estaba tocando percusión en vivo para ese último encuentro, también. Todes opinaban acerca de cómo debía terminar la coreografía: algunas desde lo verbal, otras proponiendo con el ejemplo, mostrando posibilidades. Fue un largo rato de discusión, de mucha diversión, en torno a cómo se coreo-graficaba, pienso yo, sin la necesidad de papel. Me imaginé distintos borradores de una coreo donde cada una aportaba una línea, un trazo, un espacio de la hoja, un ritmo, un pulso, y todo conformaba esa cuerpescritura que estaba sucediendo allí, donde les cuerpes escribían y borraban, escribían y borraban.


Dije que sentí un clímax. Porque creo que toda la vida me he estado preparando para percibir lo colectivo, el todo y el uno, el uno y el todo, manifiesto en cada segundo y milímetro de esta sanación afro, con y para otres.

[1] El taller de danza afro es parte de un proyecto mayor, llamada Afro Raíz San Juan, creado por Devora y conformado por un grupo de músiques y bailarinas. Hay un ensamble de percusión de ritmos africanos y un taller de percusión que coordina Jose Fernández. Hacen actividades de difusión de la danza y a percusión africana, a través de seminarios y encuentros intensivos dictados por maestres invitades, como Marina Estévez (Buenos Aires), Franco Rumiz (Mendoza) y Valdir Silva (Salvador de Bahía). El taller de danza afro comenzó en noviembre del 2020, como un taller bimestral, y luego se replicó, hasta la actualidad. [2] Yo no, pues me puse en modo observadora; además me cuesta recordar todo, como dije, y las coreografías entran en ese todo.


Imagen: Pimiento. Linografía de Mariana Alias.





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