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Hagamos como que hacemos

Actualizado: 8 ene 2022

Haruki Murakami ha escrito un libro que se llama De qué hablo cuando hablo de correr. Como él mismo lo dice, su objetivo no es alentar la salud a través del ejercicio, sino reflexionar sobre cómo ha llevado, al mismo tiempo, una vida dedicada a la escritura y al entrenamiento físico, al footing, específicamente. Si bien las metas suelen ser las maratones, Murakami considera que es el hecho diario de correr lo que se puede relacionar con la escritura, también una actividad cotidiana. Entrenamiento diario de las piernas y la mano que escribe.


Dentro de este mundo del correr y escribir, hay una analogía muy interesante en el libro del novelista japonés: aquella que relaciona la concentración y la disciplina, necesarias para escribir extensas novelas, en su caso, y el entrenamiento muscular, fundamental para correr largas distancias. A diferencia del talento (tema arduo, del que quisiera no acordarme, pero que alguna vez trataré), la concentración y la disciplina se pueden ejercitar, es decir, se pueden adquirir, y, sobre todo, se pueden mejorar cualitativamente. Es como el entrenamiento: progresivamente se le va diciendo al músculo lo que debe resistir o cargar, en un lenguaje amoroso y paciente, para que no se resienta. El músculo, como todo el cuerpo (como casi todo el mundo), responde bien cuando se lo trata bien. Sentarse todos los días a escribir durante determinadas horas, de manera concentrada, y salir a correr cada día, durante cierta cantidad de tiempo, son mensajes que nuestro cuerpo va memorizando y perfeccionando.


Hasta aquí la propuesta de Murakami es muy convincente. Solo que hay que contar con la resistencia del material: en el caso de la escritura y del entrenamiento, consiste en esos días en que no hay ideas, no hay ganas, respectivamente. Estas fuerzas internas no son simples mensajes de negación, y es por eso que al percibirlas, una parte nuestra dice: “debería escribir”, “debería correr”. Es que, además de que cada yo es una multitud, esa multitud alberga contrarios. Pero es como sucede en la meditación: la mente que se resiste a quedarse quieta es parte de la meditación, no un obstáculo.


Hay una salida, dice Murakami, citando a Raymond Chandler. Este escritor decía en una carta privada que, aunque no tuviera nada que escribir, siempre se sentaba durante unas horas ante su escritorio, a solas, para concentrarse. Es decir, un simulacro. Lo he leído en varios artículos sobre la adquisición de hábitos: cuando las circunstancias sean adversas, debemos hacer todo lo posible para simular que estamos haciendo aquello que queremos convertir en un hábito. Por ejemplo, la terapia de la sonrisa: aunque la amargura nos lleve, tenemos que mover nuestras comisuras y dibujar el típico gesto de alegría en nuestra cara, aunque sintamos ganas de desparrarmar molotovs por doquier. El solo hecho de sonreír genera una serie de cambios fisiológicos y neurológicos que nos permiten salir de las emociones negativas que nos estén corroyendo.


Lo he comprobado en algunas ocasiones. Por ejemplo, aquellos días en que no tengo ganas de correr, porque me siento muy cansada, recorro un trayecto similar, caminando con cierta velocidad. O a veces una distancia corta, a paso lento. No importa, lo que hay que lograr es el hecho de calzarse las zapatillas, salir de casa y hacer como que corremos. En el Yoga Kundalini existe una práctica similar: si no puedo hacer una asana, por algún problema muscular o algún otro motivo, imagino esa postura en mi mente, la visualizo. El efecto, según el yoga de la conciencia, es similar.


Victoria Nelson dice que la disciplina creativa solo puede surgir del juego y el placer de la actividad en la que queremos adquirir el hábito, pues cuando creamos estamos invitando al niñe que fuimos a ser parte de un nuevo juego. Pero un nuevo juego de adultos, ojo, en el que no solo se trata de jugar, sino que hay que jugar todos los días, para que el oficio pueda madurar. En ese cruce del “hay que”, del deber, y del “jugar”, el deseo, es donde funciona el simulacro, una especie de negociación amorosa con ese niñe rebelde: “hagamos como que hacemos, ya habrá tiempo para que sea una realidad”.



Ilustración de Gervasio Troche

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